sábado, 10 de marzo de 2012

Homenaje por el Grand Slam 2009 de Irlanda

Seguro que para algunos de los más vetustos lectores el título de esta columna y el nombre de la verde Erín van indisolublemente unidos. Culpa de John Ford, Victor McLagen y John Wayne, y para los más jóvenes estas son pistas que les llevarán a los buscadores más populares y las referencias quizás les inicien en el culto a la película que transcurre en el idílico pueblecito irlandés y que tanto tiene que ver con el imaginario que los de fuera nos hemos formado de otras

tantas generaciones de irlandeses. Y tengo para mí que si no es buen reflejo de
lo que fue la Irlanda rural, algunos de los nativos lo han interiorizado de tal
forma que ya no se saben distinguir de los personajes fordianos. Personajes
sólidos, rocosos y sufridos, orgullosos y ocurrentes, obcecados y expansivos,
como los que durante tantos años pasaron por las filas de la selección del Trébol
con el anhelo de doblegar al inglés, sobre todo, y si se podía ganar a los demás,
pues mejor.
Sesenta y un años son muchos años. Y detrás de los O’Connell y O’Callaghan y
O’Leary y Hayes y Horan y O’Driscoll y Murphy hay una legión de viejos
jugadores que cimentaron el alma del rugby irlandés, el hermano pobre del
preterido V Naciones, al que han sostenido entre penurias y esperas agrias
multitud de aficionados que cada invierno desde 1948 se conjuraban delante de
su pinta de Guiness para prometerse mejor suerte ese año.
Y al fin ha sido en 2009. Yo los he visto hace apenas 15 días y podré decir que
contemplé a la Irlanda campeona y en el fulgor instantáneo de la era de la
información sostendré que, sin aquellos otros, los de hoy no son nadie. Sin Mike
Gibson
, el electrizante centro de paso firme y mirada atenta que jugó en
London Irish y Cambridge y que mantuvo el record de caps hasta que se lo
arrebatara Malcolm O’Kelly en 2005; sin Ollie Campbell, el apertura que
aseguró el torneo de 1982, cuando aun no había premio para el que no lo
ganaba todo y a quien vimos jugar en Barcelona aquel mismo año; sin Fergus
Slattery, John O’Driscoll o Willy Dugan
, portentosos terceras líneas de la
década de las patillas, o sin el segunda línea Moss Keane, destacado
funcionario del Ministerio de Agricultura que organizaba reuniones en lugares
inverosímiles conforme al calendario de sus partidos; o sus compañeros de línea
Donal Lenihan, durísimo capitán del equipo de los miércoles de la gira de los
Lions de 1989, o Mike Galway o el mejor capitán de Irlanda de todos los
tiempos, el gigante Willie-John McBride; o el apertura de pierna mágica Tony
Ward
, de quien se decía que atesoraba junto con cierta marca de cerveza el
mejor activo de la isla; o Noel Murphy, la elegancia del zaguero sobrio y su
epígono Hugo McNeill; o primera líneas como Phil Orr, Gerry McLoughlin,
Peter Clohessy o Nick Popplewell
, quien formara como único delantero no
inglés en cierta gira de los Lions en Nueva Zelanda. Sin Brendan Mullin o
Michael Kiernan
que se las prometían felices con su triunfo en 1985 y que
fueron de desastre en derrota desde entonces a su retirada. A qué seguir, si
cosechar la Cuchara de Madera se había convertido en costumbre en los
Ochenta y Noventa; si visitar el Parque de los Príncipes o Twickenham era
sinónimo de muchos y variados ensayos en la marca verde, y sin embargo allí
estaban las camisetas del trébol poblando las gradas, festivas, alegres, como
trasunto contemporáneo de la mejor tradición goliárdica medieval. Si el camino
estaba marcado desde que a finales del siglo XIX, en uno de los primeros
choques con Inglaterra, hubo quien arregló la fecha de su boda para conseguir
el permiso legal necesario para concurrir al partido, dicen que con conformidad
de la novia.
País de Gales no lo mereció, y el azar quiso que Jones fallara el golpe que
hubiera quebrado la justicia del drop del errático O’Gara, que poco antes había
acertado a devolver aquella exigüa ventaja temporalmente perdida ante los
Dragones. A la salud de los viejos guerreros.
referencia: 
http://www.zonarugby.com/2009/03/23/innisfree/

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